Tranquilo, Pelusa: Esos tres majaderos velan tu sueño

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Carlos Machado Villanueva

El olor a hollin de la cocina a querosén de “Pelusa” se enseñoreaba en el estrecho espacio de su humilde morada, mezclándose con el olor a guarapo reción colado que nos ofrecía y que nos dejaba gratamente sedados para oír atentos a los fílósofos soviéticos Spirkin y Yajot, cuyss tesis pasaban de los ojos atentos de Miguel Rondón en las páginas de “Fundamentos del materialismo dialéctico” a sus cuerdas vocales en perfecta dicción, resonando incomprensibles entre los allí presentes, incluido el proverbial anfitrión

Pero no fue allí en aquel “círculo de estudio” del Partido Comunista en el barrio Mirador del cafetal, y en su humilde morada, donde yo conocería a “Pelusa”, o, para mejores señas: a Amador Blandín. Mis ojos de carajito curioso comenzarían a tener certeza de su existencia cuando por allá por 1967 comenzó a estacionar muy frecuentemente aquel Chevrolet Byscayne crema frente a nuestra casa en la calle Valkara

-¡Hola, Pelucita! ¡Y la camarada Narcisa? – me susurraba su saludo eterno de diminuta voz cuando ya iba escaleras abajo con su maletín ejecutivo negro en mano, ese que ya para la época había pasado a ser una miembro más de su magro y atlético cuerpo.

De su nterior era de donde desenfundaba su arma más efectiva para convencer al prójimo de las justeza de sus ideas: un periódico Tribuna Popular. Los presentes nos cuajábamos de la risa en aquellas veladas cuando Pelusa, enardecido por lo que consideraba un nsulto, le increpaba a Miguelito Rondón su atrevimiento,

-¡Ah no, camarada, a mí me respeta! ¡A mi niguno de mis veinte hijos me ha negado nunca!.

El error de Miguel había consistido en tratar de hacerle entender a aquel luciteño el significado de la categorías de la “Negación de la negación”, al explicarle aquel, a modo de ejemplo, que sus hijos eran su negación porque de seguro serían mejor pesonas que él en todos los sentidos.

Y aunque se esforzaba por hacerle entender lo que había querido decirle, como parte de la teoría marxista del desarrollo, Pelusa no terminaba de salir de su enojo.

Justo es reconocer que en las páginas de la historia contemporánea petareña, Amador Blandín se ganó en buena lid un lugar destacado. El hecho de no haber sido escrita nunca no ha evitado que con el transcurrir del tiempo esta se convirtiese en una especie de leyenda de tradición oral; por cierto, recurso este de los pueblos que impide que sus héroes de la resistencia contra cualquier tipo de injusticia caigan en el olvido entre las nuevas generaciones.

Historias pequeñas como la suya han quedado en la memoria. Las cuales dan cuenta de acciones heroicas de hombres y mujeres de barriadas populares. Tales fueron aquellas jornadas que coordinadas por el PCV y la JC pondrían en jaque al Gobierno de Rómulo Betancourt a finales de año de 1961.

Aquel convulso año conseguiría a este leal militante comunista dirigiendo una Unidad táctica de combate en el barrio Campo Rico de Petare, lo que no era otra cosa sino una célula del Partido Comunista operando en situación clandestinidad, de modo de enfrentar la temible represión anticomunista adeca.

Pelusa y sus hombres habrían de fortificarse en aquella barriada, obligando incluso al gobierno del “hombre de la pipa” a montar una tanqueta del ejército en su cima para de ese modo intentar reducirlos a plomo limpio.

No solo fue que no pudieron, sino que tampoco lograron aprenderlos ni a él ni a los suyos, al lograr estos burlar el cerco pasando de un rancho a otro sin que pudiesen ser descubiertos. Con ellos aquella odiosa consigna betancurista de “Disparen primero y averigüen después”, fracasaría.

Una foto tamaño carnet luciendo bien trajeado y de corbata, la cual siempre llevaba en su billetera, daba pábulo a lo que eran detalles pintorescos de aquella, si señor, su valiente hazaña. La de un joven y moreno Amador Blandín de rasgos faciales refinados y atlético por quien más de una petareña se hubiese arriesgado a esconderlo en su casa en aquel trance mortal. Y probablemente hasta en su dormitorio. Eran él y sus camaradas los verdaderos héroes de aquel Petare ñangaroso de los Sesenta.

A los comunistas venezolanos de aquella turublenta década de los 60 del siglo pasado se les conoció con el mote de “ñangara”, en alusión a aquella especie de loro verde cuya parte superior de su cabeza la coronaba un plumaje rojo semejante a una boína de igual color, típica indumentaria que identificaba e identifia aun a estos activistas de uno de los primeros partidos polñiticos modernos fundados en venezuela a inicios de la etercera década del siglo XX.

Superados aquellos aciagos días, Pelusa se dedicaría en los años venideros a construir partido; las fábricas de Boleíta y los Cortijos no podían ser mejores escenarios para tal fin.

Como él siempre lo tuvo claro, era en el seno de la clase obrera donde el PCV tenía que crecer , aunque finalmente Pelusa terminase despedido una vez descubierta su militancia política; claro está, no sin antes dejar inoculado en los trabajadores el gusanillo de la necesaria organización sindical y partidista revolucionaria.

Ser chofer de carrito por puesto de pasajeros fue en aquellas precarias circunstancias suyas la única salida que le quedó, y es que se trataba nada más y nada menos que de garantizarle el sustento a su númerosa prole, responsabilidad que nunca eludió,aun y su activa militancia comunista.

No poder cumplir aquel aciago viernes con su religiosa misión, tuvo al parecer mucho que ver con su infausto deceso. Su maletín repleto de tribunas populares, cuando no de folletos políticos que obsequiaba, le fue robado en las puertas de las oficinas del periódico comúnista en el edificio Cantaclaro.

Ese día Pelusa partió desde el San Martín hacia Petare mascuyando su rabia por lo sucedido. Se le vería triste aquel infortunado día. Terminó su faena, y como ya era su costumbre, emprendió a pie su último acenso a su empinado barrio Mirador del Cafetal, en el que su ranchito destacaba por aquel gallito rojo pintado en la pared de las escaleras que conducián a este.

Aquella noche del 23 de septiembre de 2001 se acostó más temprano que de costumbre, quedándose dormido; no tardarían en darse cuenta sus familiares que había sido para siempre. Pelusa tenía 78 años para ese entonces.

Allí, en su humilde y siempre bien tendida y pulcra cama lo encontrarian. Velando su sueño eterno estaban un Simón Bolívar de pòrcelana en su pequeño busto, al igual que Lenin y Marx, recuerdos estos con los que cargó de su inolvidable viaje a la patria del Gran bolchevique a finales de los “70.

Imperturbable en su mesita de noche aquella tríada de “majaderos” escuchó sus sus plegarias por el triunfo definitivo de aquella revolución proletaria a la que se entregó en cuerpo y alma hasta su último aliento.

 

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