El portu “Selvatana” pasó la prueba de fuego…

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Carlos Machado Villanueva

La pelota de voleibol dio con velocidad pasmosa en su rostro, se lo cubrió con las manos mientras se inclinaba de la cintura para abajo en señal de dolor Poco después emergería un “Selvatana” transformado en una fiera lusitana, y caminando hacia mi, sus ya de por sí elevados 1,70 de estaura parecían más bien unos 3 metros.

Sus largos brazos se extendieron dándole alcance a mi cuello, donde se enrollaron en un santiamén sin que ninguno de mis intentos de zafarme tuviese éxito, no sin antes dejarme como me dejó: a punto de ingresar a la emergencia del hospital Pérez de León.

Aquel inocentazo “pichón de poste” llegaría con su extraña familia a la calle Valkara, más precisamente al edificio que ya sus paisanos los Faría habían construido entre la calle Piar y aquella con nombre vikingo. No había por aquel entonces hijo alguno de portugués recién subido al cerro que no hubiese sido sometido a la prueba de fuego…

Tímidamente Antonio intentaba congeniar con nuestra cuerdita, o Antoñuuu, como su madre lo llamaba a la hora de comer con su delicada voz, la que armonizaba con sus no menos delicados ademanes de Geisha, acentuados estos por unos ojos rasgados y profusamente maquillados durante todo el día.

Lo primero que conseguiría este “portuguesito gigante” con su inisistencia fue su primer y único sobrenombre: “Selvatana”, como le decíamos al emblemático anímalito de monte al que poníamos a pelear en pareja o a “lavar platos”, que así también le deciamos por su manía de mover sus dos paticas delanteras como si en efecto eso fuese lo que hiciera. Sólo que en el caso del portu Selvatana, el “alias” se debía más bien a su delgadez extrema y a su altura.

Aunque en honor a la verdad no se justificaba, menos aún cuando veíamos pasar a su padre, aquella especie de leñador que no sólo impresionaba por su altura sino además por su corpulencia, coincidencialmente una especie de gigante de la Manchuria china con los ojos achinados también.

Después descubriríamos que también era cauchero de gandolas. Su musculatura competía con la de los forzudos de Kachakascan, lucha libre americana, de la otrora Cadena Venezolana de Televisión, culpable esta de que cada sábado por la noche mamá pataleteara sentada en el mueble viendo cómo “El gran Jacobo” le volvía una morcilla la cara a punta de carajazos a Basil Batah o a su hermano Jorge y también luchador.

Ambos gladiadores amasarían sendas fortunas que salieron de los bolsillos de no pocas de sus fans, según las malas lenguas, que acudían solidarios a los bazares Batah a comprarles a crédito cualquiera de los electrodomésticos anunciados durante cada uno de aquel popular programa de lucha.

Muchos de los secretos que rodearon aquella oleada portuguesa sobre nuestro barrio los descubriríamos con el tiempo. Lo cierto de todo es que no había “guaricho” portugués que llegara nuevo y no sintiese en carne propia los rigores del pilateo y la envidia de nosotros.

Alfredo Faría fue mi primera víctima una vez sus labios se transformaron en sendos apéndices inflamados luego de que yo se los huntara con ají picante silvestre que pululaba en el selvático recorrido hasta la escuela. El pobre soltó el pesado y costoso bulto de puro cuero con el que nos hacia “coco” a quienes apenas si lucíamos unos más baratos de plástico, y comenzó a frotarse los labios mientras la hinchazón iba en aumento

Regresábamos bajo aquella “pepa” de sol del mediodía de nuestra escuela “Elisa Riskel Domímguez”, aquel portento de edificación como creo no se había construido alguna en aquel cerro de Petare. ¡El grupo escolar… ! De allí a nuestras casas mediaban unos dos kilómetros que por lo general cubríamos bajo el fuego cruzado de la guerra de pepas de tártago verde que desatábamos entre nosotros.

Si los hermanos Manolito y Juanito Freites se salvaron de nuestra prueba de fuego. Ello fue gracias a que su padre Joaquín los adiestró a tiempo con la advertencia de sus paisanos al llegar al país: “¡No se degem fodere con eisos filios da p…”, gracias a las que en la primera oportunidad que le di me sopló un zurdazo con su brazo precozmente enmusculado al fajarse de tú a tú con su padre a la hora del banqueo y construcción de la que sería su casa y a la vez la primera bodega portuguesa en aquel tramo de nuestra calle.

El segundo sería menos escrupuloso a la hora de recordar la conseja de su viejo, por lo que no le tembló el pulso al asestarme un tablazo neto en la cabeza cuando intenté un “coleo” de metras al verme derrotado en una partida de “rayo”.

Ambos hermanos tenían por cierto un “volao” y un “puinche” demoledores: donde ponían el ojo ponían el pepazo, por lo que su tesoro en metras, culíes unicolores y bolondronas era muy codiciado.

No pasaría mucho más tiempo para que aquellos portuguesitos se íntegrasen definitivamente a la “cuerdita” , aprovechandose para tal fin de la temporada de metras, trompo, perinola, carrucha, papagayo o patín.

En diciembre daba gusto apostarse en las aceras para ver pasar a aquella cadeneta de patinadores a cuya cabeza casi siempre iba nada más y  nada menos que “Selvatana”, quien se revelaría con el tiempo como el más atrevido a la hora de los riesgos extremos sobre ruedas, por lo que sus rodillas no pocas veces terminaban hechas un mezclote de girones de piel con incustraciones de piedrecillas del asfalto recién colocado, por cierto el más placentero a la hora de patinar de lo lindo por aquellas calles empinadas de los barrios petareños Mirador del Cafetal, El nazareno y El Morro. Aunque justo es reconocerlo, Chulo y carlitos Rosales ostentaban el mérito de lanzarse con un solo patín por la inclinada bajada de los Marcano.

Aquella inolvidable tarde en la plazoleta del barrio Mirador del Cafetal, cuando intencionalmente le di con la la pelota de vóleibol en la cara a Selvatana, ya estaba a punto de desfallecer ante la andanada de carajazos que este me propinaba cuando en mi auxilio apareció Migue Peña que aún su metro y medio de estatura sacó fuerzas y valentía, y logró quitarme de encima a este portuguesito que ya para ese momento medía uno setenta.

Muy poco duraba nuestra enemistad por aquellos tiempos. Pocos días después todos volvíamos a aquella plazoleta de la calle Valkara, donde todos aprendimos el valor de la amistad y donde fuimos por encima de todo niños felices.

 

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