Evitar que la insurrección popular chilena “se convierta en la nada” o caiga en la “trampa millenial”

Pablo Kalarka* / Edición El Peatón

Los primeros días de las revueltas en Chile me hicieron recordar al Caracazo: el alza del transporte desborda un vaso bien lleno de frustraciones, lo que deriva en protestas que al ser reprimidas degeneran en saqueos que a su vez son reprimidas con ejército.

Eso fue una expresión de ira incontenible, brote sin concierto ni dirección política alguna que acabó en tragedia y trauma nacional. Aún estamos buscando a los desaparecidos de esos pocos días, sin siquiera saber a ciencia cierta ni cuántos son.

Pero Chile rápidamente ha demostrado que no va a ser el Caracazo. La durísima e infame represión no está logrando sino efervescer la revuelta. Es justicia poética, un giro histórico que sea este país, laboratorio y trofeo del experimento neoliberal en la región, el que se esté levantando con una contundencia que no parece tener vuelta atrás… ¿o sí?

En España pude vivir el 11-M, los Indignados, y el increíble temblor político que el surgimiento espontáneo de movimientos pacíficos de esta magnitud generaron. Zapatero, que parece webon pero no lo es, entendió que había que dejar que esos movimientos se quemaran solitos.

Al final un día u otro la gente tiene que desarmar las carpas, abandonar la plaza porque la cotidianidad tiene una fuerza aplastante y eventualmente se querrá imponer. El rasgo transversal de esos movimientos era su rechazo frontal a los partidos tradicionales, e incluso a las clásicas tendencias de izquierdas o derechas.

Tal descreimiento millenial es una trampa mortal. ¿Qué pasó con esos movimientos españoles? ¿Se cristalizaron en qué? ¿En Pablo Iglesias y Podemos? Ay, papá, apaga y vámonos.Temo que a este levantamiento histórico, poderoso y en apariencia indetenible de Chile, pueda pasarle lo mismo.

Siempre me ha dado un pequeño pavor el profundo y arraigadísimo rechazo de lxs jóvenes por toda apuesta de conducción política. No que no tengan razón, la Izquierda chilena da vergüenza ajena, con excepciones que están metiendole el cuerpo con inteligencia en medio de un país hasta ahora vencido, despolitizado, intravenosamente derechizado y entregado en bandeja de plata a las oligarquías.

Pero creo que lo peor no está ocurriendo ahora, la prueba de fuego para el país no es demostrarle al mundo que Allende no está olvidado, que esa herida sigue sangrando y duele, que los mapuches no están solos, que vamos por la cabeza de Piñera y por la Constituyente.

Eso lo están demostrando ahora y los oligarcas de Chile, como Don Francisco o la infame esposa de Piñera, no saben esconder su consternación porque están tan alienados que ni se imaginaban que la gente podía estar tan profundamente enojada. Son María Antoneta y sueño que sus cabezas rueden por la Plaza Italia.

El reto real, el duro, será darle una dirección y conducción política real que consiga que todo cambie realmente. Eso implica un trabajo de organización, de entendimiento mutuo entre pueblo y pueblo, que espero podamos tener la fuerza y el coraje de lograr.

Mi viejo decía: tardamos como sesenta años en organizarnos para poder llevar a un Allende al poder, y nos reventaron a los tres años. Venezuela improvisando día a día logró que un Chávez obrara un cataclismo sin precedentes las estructuras del enemigo, por más de una década. Bueno, a ver, no tenemos sesenta años para organizarnos.

Habrá que montarse sobre lo que hay y no dejar que esto se convierta en la nada. Porque si nos convertimos en la nada nos habrán vencido por otro par de décadas; y si eso pasa, vendrá un tiempo de persecusiones, desapariciones, asesinatos sumariales en las poblas y barrios. Nuestros desaparecidos nos están mirando, no podemos fallarles ahora.

* Esto lo escribe Pablo Kalaka, el muralista hijo del caricaturista e intelectual chileno refugiado en Venezuela desde el derrocamiento y asesinato por el fascismo pinochetista de Salvador Allende, mejor conocido como El Tano.

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