Crónicas para no olvidar / De catador a taxi-terrorista

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Por Carlos Machado Villanueva

19/11/2019

Por estos días de víspera navideña  Caracas es un pandemóniun a la “enésima potencia”, más aún si el Metro (subterráneo)  se paraliza,  la cosa se pone color de hormiga para muchos, como en mi caso, pues tuve que tomar un taxi “pirata” en la estación de plaza Bolivia en Sabana Grande justo el último día “D” opositor contra Maduro, con la nada agradable  sorpresa de que al volante iba, ¿un pichón de terrorista del ISIS?, pues al final del viaje me convencí  de que no,  que más bien me topé con una temible “hiena”.

Rápidamente ambos estuvimos en la autopista dentro de un  semi destartalado “volvagito” blanco “sucio”,  rumbo hacia Petare,  mi destino  de ese 16 de noviembre. Pero si esta vez no volví la vista hacia la pétrea María Lionza para pedirle “un milagrito”, ello obedeció a que tres “ballenas” (camiones lanza agua) de la Guardia Nacional Bolivariana estacionadas en el paradero vial adyacente, me ocuparon por completo tanto el campo visual como el de la reflexión.

-Esas “ballenas” deben estar ahí por si acaso a los marchistas de la oposición les ordenan otra vez algo raro como cuando sus “lideres” les ordenaron seguir hasta Miraflores (Palacio presidencial) aquel fatídico 11 de abril de 2002 con la intención, afortunadamente fracasada,  de derrocar a Chávez – reflexioné en voz alta.

-No hombre… Aquí no va a pasar nada de eso, maestro. Ese Guaidó es un cagón. Lo utilizan a uno y después lo dejan solo. Yo estuve preso y ninguno de ellos, ni ese güevon ni el Ramos Allup hicieron nada para sacarnos de la cárcel.

Mis palabras por lo visto sirvieron para que el taxista de marras se deslenguase sobre  la causa de su detención  por la policía política,  que al allanarle  su modesto apartamento en la urbanización Pedro Camejo pegada a la Cota Mil y a la sierra del Parque Nacional  Waraira Repano,  supuestamente le “sembró” (práctica corrupta policial de falsificar pruebas) una gavera de botellas  tercio de cerveza Polar repleta de bombas molotov y dos granadas fragmentarias.

Coño, maestro, me dieron más palo que a un tambor en tiempo de Pascua. Me fracturaron las costillas, me dispararon en las piernas. Estoy vivo de vaina. Ah, pero ninguno de esos coñ… de su madre se condolió de mí. Todos son iguales.

El hombre entrado en unos largos 40 años y de nariz refinada comenzó a recordar su feliz pasado como oficial de cata de whisky al servicio de una empresa importadora de este licor. “No hombre, yo viaje por el mundo para asistir a eventos de cata. Estuve en Escocia, en Francia, en Hong Kong y en Noruega… Me di hasta el lujo de probar el Chivas Regal 25 años recién sacado de la barrica de añejamiento”, rememoró no sin cierto dejo de nostalgia reflejado en el tono  de voz.

Fue a la altura de la cabecera de despegue del aeropuerto  militar de “La Carlota” cuando este personaje  me quiso dar una muestra  de lo “cuatriboleao” como terrorista  que era y lo cobarde que son quienes dirigen la oposición de extrema derecha en Venezuela

Esos pajúos se cagan todos cuando uno les propone vainas arrechas. Para lo del 30 de abril de este año me llamaron para que participase en un asalto al aeropuerto, y cuando les propuse extender un cable de alta tensión a lo ancho de la autopista y regar gasolina para quemar vivos  a los soldados y policías que intentasen  cruzarlo, se rajaron;  no quisieron echarle bolas. No hombre,  conmigo que no cuenten más pa´un coño…

Desde la recta de la autopista a la altura del distribuidor  Altamira hasta casi el punto de mi llegada, el taxista, acicateado por mi cháchara, se dedicó a ensalzar a su volvagito, por lo que de entrada recordaría que estuvo guardado mucho tiempo sin casi  rodar en el garaje del anterior propietario.

Bueno, yo no lo quiero vender, pero si me dan dos mil dólares por él así como está, le echo bolas. Todo le funciona,  el ahogador, el radio. Lo único malo  es que el piso está bastante corroído por el óxido –expresó entusiasmado con esa posibilidad,  aun y lo del piso.

Ya nos acercábamos a mi destino final, el Puente Baloa sobre el putrefacto río Guaire que cruza la ciudad, mientras el hombre continuaba hablándome de cómo el oficio de taxista con su  volkswagen le permite hoy  llevar el sustento a su hogar todos los días, cuando éste lanzó la bomba criminal de sus supuestos aviesos deseos.

No hombre, varón. ¿Usted sabe lo que sí quisiera yo? Irme a París y ubicar a la hija del maldito ese de… y cortarle el cuello con un bisturí.

Tras dejarme en el populoso Petare y mientras me dirigía de “parrillero” (pasajero) en moto hacia mi próxima fuente cronicaria, reflexioné: O este pobre ser está desequilibrado, o es realmente un peligroso terrorista, o, por qué no, se trata de un agente de inteligencia, que “colorín, colorao”,  y en definitiva,  sería lo mejor para la paz tan anhelada en nuestro amado país.

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